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DIA DE MUERTOS:
TRADICION MEXICANA CON MUCHA VIDA
“Mujer de mirada triste:
¿dime que ves en las velas, son espectros
de la noche o son flores de la tierra?…En
tu rostro iluminado la vida rejuvenece, noche
de oro en la mirada para los que aman la muerte.
Para los que aman la vida es noche de desconcierto,
la cera besa las flores y la llama el sentimiento”.
Estos fragmentos del poema
de la española Julie Sopetrán
ofrecen una emotiva descripción de la
magia que envuelve a una de las celebraciones
más importantes de México. En
esta, la vida y la muerte, cual extremos inevitables
de nuestro paso por la tierra, se funden y complementan
a través de ceremonias, rituales, sabores,
colores y recuerdos: la celebración del
Día de Muertos, un valor más de
las tradiciones mexicanas.
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El arqueólogo mexicano
Edurado Merlo Juárez comenta sobre el
día de muertos en un texto titulado “A
través de los ojos”: "Según
la creencia de la civilización mexicana
antigua, cuando el individuo muere su espíritu
continúa viviendo en Mictlán,
lugar de residencia de las almas que han dejado
la vida terrenal. Dioses benevolentes crearon
este recinto ideal que nada tiene de tenebroso
y es más bien tranquilo y agradable,
donde las almas reposan plácidamente
hasta el día, designado por la costumbre,
en que retornan a sus antiguos hogares para
visitar a sus parientes. Aunque durante esa
visita no se ven entre sí, mutuamente
ellos se sienten”.
Lo cierto es que en México
el Día de Muertos, más allá
de ser una fecha de tristeza o dolor, se trata
de un evento en el que la alegría y los
buenos momentos se hacen presentes en cada hogar.
La hospitalidad mexicana, bien conocida alrededor
del mundo, deleita de igual forma a sus familiares
fallecidos, quienes reciben como pequeño
homenaje un altar en el que depositan ofrendas,
recuerdos, objetos personales y comida.
Esta celebración tiene variantes
según la región de la que se trate,
pero claro resulta que todas llevan una misma
linea de orígen. Desde épocas
remotas han estado presentes los “banquetes
mortuorios” en las moradas del campo,
haciendas o palacios. Sin duda una celebración
tan antigua como el hombre mismo, quien permanentemente
ha existido preguntándose de dónde
viene y a dónde va.
Dos semanas antes del Día
de Muertos se vive un ambiente de alegría
en los mercados: los “marchantes”
compran por docenas las flores de cempasúchitl,
flor amarilla distintiva de esta celebración,
así como los elementos con los que habrán
de decorar los altares de cada hogar, o los
ingredientes de los platillos por cocinar a
los difuntos. El 1 de noviembre se lleva a cabo
la “Velación de los Angelitos”,
día en el que las almas de los niños
regresan a sus familias para ser alimentados
y disfrutar de su compañía. Incluso
existen algunas regiones de México en
donde los niños toman el rol de líderes
en la velación matutina, honrando a sus
hermanitos fallecidos. Y cuando cae la noche,
los adultos mantienen la vigilia en el cementerio
reviviendo las memorias de sus familiares queridos.
El 2 de noviembre se lleva a cabo la “Velación
de Adultos”, tiempo en el que las “almas
viejas”, además de “saborear”
los que fueron sus platillos favoritos en vida,
se sienten acompañados por el aroma de
inciensos, el cariño de sus seres queridos,
la música de su agrado y las ofrendas
del altar que se les ha dedicado con tanto esmero.
En algunas ocasiones pueden escucharse rezos
y oraciones, sobre todo en la noche de velación
en los panteones de México.
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El Día de Muertos representa una mezcla
de la devoción cristiana con las costumbres
y creencias prehispánica, materializándose
ambas a través de los altares y ofrendas:
un rito respetuoso a la memoria de los muertos,
cuyo propósito único es el de
atraer a sus espíritus. En dichas ofrendas
, o altares, tienen su debida representación
los cuatro elementos primordiales de la naturaleza:
la tierra, representada por los frutos que aliementan
a las ánimas mediante su aroma; el viento,
representado por el papel picado o papel de
china, mismo que por su ligereza, se mueve al
paso de la brisa; el agua, colocada en un recipiente
para que las almas que nos visitan calmen su
sed después del largo camino que recorren
para llegar hasta su altar; y, finalmente, el
fuego en velas y veladoras, encendiendo una
por cada alma recordada, y una más por
cada alma olvidada.
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Otros
elementos que observamos en las ofrendas son la
sal que purifica; copal para que las almas lleguen
con su olfato hasta el altar que se les dedica;
flor de cempasúchitl regada en el
suelo, desde la puerta hasta el altar, para indicar
el camino. Y finalmente, la presencia de los familiares
vivos, quienes esperando su llegada les rinden
respeto y demuestran su lealtad y compañía,
aún cuando ellos ya no están aquí.
¡Y quién no recuerda
y saborea con tanto gusto las “calaveritas”
de azúcar o el delicioso pan de muerto!
Michoacán, Oaxaca, la Huasteca Potosina…¡tantos
lugares mágicos en donde la tradición
del Día de Muertos se mantiene viva! Pasado
y presente conjugados en una de las fechas más
peculiares que podemos encontrar en la cultura
de un país hospitalario, amigable hasta
con los muertos y siempre dispuesto a encarar
las dificultades de la vida con valor, incluso
hasta el más allá. ¡En México
la muerte se recibe con alegría! Porque
nunca es bueno llorar o sufrir, siendo ese momento
poderoso la única garantía con la
cual todos los vivos contamos: el momento en que
dejaremos ese mundo. ¡Celebremos el Día
de Muertos! |
RECETA
DEL PAN DE MUERTO
Por Mary J. Andrade.
Ingredientes
-5 tazas de harina.
-8 cucharadas soperas de levadura comprimida desmenuzada.
-5 yemas.
-5 huevos.
-2 barras de margarina.
-1 taza de azúcar.
-3 cucharadas soperas de agua de azhar.
-1 cucharada sopera de raspadura de naranja.
-2 huevos para barnizar.
-1 pizca de sal.
-Azúcar para salpicar.
Preparación: Deshaga en agua tibia cuatro
cucharadas soperas de levadura; agregue taza y media
de harina y forme una pequeña bola de masa suave.
Déjela reposar 15 minutos en un lugar tibio hasta
que esponje al doble de su tamaño. Cierna la
harina junto con la sal y el azúcar; ponga en
medio los huevos (incluyendo las yemas), la margarina,
la raspadura de naranja, el agua de azahar; amase bien.
Después agregue la pequeña bola de masa,
amase nuevamente y deje reposar en un lugar tibio durante
una hora. De nueva cuenta amase y forme los panes al
tamaño deseado. Colóquelos en charolas
engrasadas y barnícelos con las yemas de huevo.
Adorne el pan con “lágrimas” hechas
de la misma masa y péguelas con huevo batido,
barnice el pan con el huevo y espolvoreé con
azúcar. Finalmente, coloque los panecillos en
el horno precalentado a fuego medio durante 40 o 50
minutos. |