“Pies para que los quiero, si tengo alas para volar”, escribió Frida Kahlo en su diario personal. Esas palabras se pueden utilizar para definir de cierta manera la vida y trabajo de Frida Kahlo, la pintora con más prestigio que ha existido en nuestro país, pareja del que muchos críticos calificaron como el más grande muralista que ha existido en México, Diego Rivera.

De esta unión, se decía que eran cómo una paloma y un elefante, y en el barrio de Coyoacán, la casa en la que compartieron sus vidas se ha convertido en museo y testimonio de la vida del más célebre conjunto en el panorama del arte mexicano.

Cuando Frida habitó la Casa Azul, Coyoacán era un pueblo que se integraba lentamente a la creciente Ciudad de México.

En la biografía hecha por Hayden Herrera – que sirviera como base para la realización de la película “Frida” con Salma Hayek (2003)– se menciona que en tiempos de la Revolución esta casa sirvió como refugio para los combatientes, en este lugar se les proporcionaba refugio, curación y comidas. Esa es la infancia que podemos conocer a través de los ojos de la pintora.

Como podemos adivinar, Frida comenzó y terminó su vida en el mismo lugar, la Casa Azul, por lo cual no es extraño que cuatro años después de su muerte se haya tomado la decisión de convertir este espacio en su museo.

Cuando se entra a la casa, lo primero que se ve es un pequeño jardín justo en el centro de la primera construcción. Ahí, en una de las paredes se lee: “Frida y Diego vivieron en esta casa, 1929-1954″. Las amplias entradas desde todos los cuartos hacen que desde cualquier punto del edificio se tenga una vista de este jardín central.

En el primero de los pasillos se encuentra el trabajo artístico de la pintora. Quizá el más célebre de los óleos expuestos es el dedicado a su padre, que se trata también de uno de los primeros retratos que realizara Frida. En los cuartos contiguos, además de sus trabajos pictóricos terminados, existe una gran colección de bocetos realizados a carbón y cuadros inconclusos, así como una muestra de su paleta de colores. Cabe destacar que los recuadros de las obras, además de hablar del título y la técnica, incluyen segmentos biográficos de la pintora, e incluso citas personales, dando así testimonio de lo que pasaba por su vida al realizarlos.

También se encuentra en exhibición la colección que durante su vida acumulara Frida de la Revolución Mexicana, fotografías en pequeño formato de la lucha por la igualdad y la democracia que marcara su vida. Sin embargo, más allá del incalculable valor de estas piezas, el verdadero atractivo de la Casa Azul comienza en el cuarto siguiente, pues es aquí donde el recorrido se convierte en un viaje dentro de la vida de la pintora, en una invitación a su casa.

El primer punto de este recorrido es el comedor de Diego y Frida, en este lugar se encuentra la mesa, el mantel y la vajilla que utilizaron los artistas en su vida privada, tan solo a un costado de la habitación de Diego, pues aunque vivían juntos tenían cuartos separados, y aquí podemos ver los muebles y los artículos personales del pintor.

Apenas entramos en estos dominios, podemos observar la explosión de colores de ese México en el que vivieron, tanto las paredes como los muebles resaltan por sus tonos llenos de vida y las figuras de barro y papel maché que descansan en las alacenas o cuelgan de las paredes, así como las telas bordadas que sirven para vestir el lugar.

La cocina es un lugar fascinante. En la pared sobre la estufa se leen las palabras “Frida y Diego”, y a los lados de la ventana se miran de frente dos palomas que se se unen por donde pasa la luz.

El segundo piso es el más interesante de todos, este fue el estudio en el que Frida trabajó durante gran parte de su vida. De ese tiempo quedaron las pinturas, los caballetes y las herramientas que utilizó, podemos ver inclusive la silla de ruedas y el atril que le sirvió para seguir trabajando durante sus muchos años de convalecencia.

No es ajena a nadie la historia que desencadenó este suceso. Cuando era una estudiante, Frida sufrió un accidente abordo de un camión en el cual un tubo metálico le atravesó la cadera y le ocasionó los problemas de salud que sufrió desde entonces, los mismos que le impidieran ser madre y la tuvieran en cama durante prolongados periodos de tiempo. Es ese el momento en el que comienza a pintar, ayudándose de un espejo que su padre hiciera instalar sobre su cama.

Esta cama, ese espejo, y el corsé de yeso que mantuviera su columna recta, descansan en la Casa Azul como las piezas más personales del sufrimiento de la pintora.

Pero si algo sabemos de Frida Kahlo, es que transformó su sufrimiento en arte, su vida en colores, y su paso por el mundo en una crónica del México que ella veía.

El amplio jardín es testigo de su amor por la vida, y su pincel del amor por su país. Es por ello que en uno de sus momentos de mayor desesperanza escribiera “Pies para que los quiero, si tengo alas para volar”. Frida Kahlo, vocera de su tiempo y del nuestro.

Museo Frida Kahlo, Casa Azul: Dirección, horarios y costo

Londres No.247, esquina con Allende, Coyoacán, México D.F. Estación de Metro: Coyoacán.
Martes a domingo, 10:00 a 17:30 horas. Martes de 11:00 a 17:45 hrs. / de miércoles a domingo de 10:00 a 17:45 hrs.

Entrada: $65 $75 pesos para visitantes extranjeros, $45 $55 pesos para ciudadanos mexicanos, $35 pesos para maestros y estudiantes, gratuito para menores de 6 años.
Descuento especial para grupos de más de 20 niños. Permiso para fotografías $60.
El costo del boleto incluye una entrada para el museo Diego Rivera Anahuacalli con vigencia de un mes

 

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